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“Volver sin habernos ido: memoria de una familia entre Canarias y Venezuela”


Canarias, Venezuela y la memoria de los que cruzaron el Atlántico

Hay historias familiares que no aparecen en los libros, pero viven en la sangre. Historias que atraviesan océanos, dictaduras, guerras y generaciones enteras. Historias que comienzan en un puerto y terminan décadas después en el mismo lugar de partida, como si el destino hubiese tardado años en cerrar un círculo.

La historia de Canarias y Latinoamérica no puede entenderse únicamente desde la política o la economía. También debe comprenderse desde la memoria emocional de quienes un día tuvieron que abandonar su tierra con la esperanza de regresar.

Durante buena parte del siglo XX, especialmente después de la Guerra Civil española y en los años posteriores a la consolidación de la dictadura de Francisco Franco, miles de canarios se vieron obligados a emigrar. España era entonces un país golpeado por el hambre, la represión política y la falta de oportunidades. Canarias, aislada geográficamente y castigada económicamente, se convirtió en uno de los principales territorios de salida hacia América.

Muchos partieron hacia Cuba. Otros hacia Argentina. Pero Venezuela terminó convirtiéndose en lo que durante años se llamó “la octava isla canaria”, debido al profundo vínculo humano, cultural y familiar que nació entre ambos territorios.

Los barcos salían llenos de hombres y mujeres que no sabían si volverían a ver su tierra. Algunos viajaban de manera legal; otros lo hacían clandestinamente en pequeñas embarcaciones de madera conocidas como “veleros fantasma”. Eran travesías peligrosas, marcadas por el miedo, el hambre y la incertidumbre.

Entre esas personas iba mi abuelo paterno.

Nunca tuve la oportunidad de conocerlo. Mi padre siempre hablaba de él con una mezcla de admiración y nostalgia. Me contaba que no estaba de acuerdo con el régimen franquista y que, como tantos otros canarios de aquella época, tuvo que marcharse buscando un futuro mejor al otro lado del Atlántico.

Subió a una embarcación de madera sin saber exactamente hacia dónde lo llevaría la suerte. En aquel barco viajaba mucho más que un grupo de emigrantes: viajaban familias enteras por nacer, historias futuras y generaciones que aún no existían. Allí, sin saberlo, también viajaba la posibilidad de que algún día naciera quien hoy escribe estas líneas.

Mi abuelo jamás pudo regresar a su isla natal, Las Palmas de Gran Canaria. El tiempo pasó. El gobierno nunca cambió para él. La vida siguió avanzando lejos de casa y terminó siendo sepultado en Venezuela, el país que acogió a tantos canarios que llegaron con las manos vacías y el corazón lleno de esperanza.

Pero dejó algo sembrado.

Dejó a mi padre.

Y mi padre, aunque tampoco pudo conocer Gran Canaria, creció escuchando el recuerdo de aquella isla que parecía vivir permanentemente en la memoria familiar. Él también murió en Venezuela, nuestro país de nacimiento. Tampoco pudo volver.

Sin embargo, la historia aún no había terminado.

Porque décadas después, quien regresó fui yo.

Nieto de aquel canario que salió obligado por las circunstancias. Nieto de una emigración marcada por la necesidad, la distancia y la nostalgia. Y a veces pienso que la vida tiene formas misteriosas de reparar las ausencias.

Hoy camino por las calles de Las Palmas de Gran Canaria y, en ciertos momentos, siento que no camino solo. En los laberintos silenciosos del pensamiento me encuentro con mi padre y con mi abuelo. Entonces les digo:

“Abuelo, padre… aquí estamos. Tengan paz. Porque por medio de mí, ustedes también regresaron a casa”.

Y quizá esa sea la verdadera historia de muchas familias canario-venezolanas.

Nunca nos fuimos del todo.

Estábamos regresando en nuestros hijos, en nuestros nietos, en nuestra memoria.

Existe algo profundamente humano en la relación entre Canarias y Latinoamérica. No es únicamente una conexión histórica o migratoria. Es una relación genética, cultural y emocional construida durante siglos de ida y vuelta entre ambos lados del Atlántico.

Muchos latinoamericanos descubren hoy que tienen apellidos, costumbres, palabras y formas de ser heredadas de Canarias. Y muchos canarios encuentran en América una parte inseparable de su propia historia.

Tal vez por eso, cuando uno llega a estas islas después de haber crecido escuchando historias familiares sobre ellas, ocurre algo difícil de explicar: uno siente que no está llegando a un lugar desconocido.

Siente que está volviendo.

Y mi padre tenía razón cuando repetía aquello que escuchó tantas veces de mi abuelo:

“El lugar donde nací es muy bonito”.

Hoy entiendo que no hablaba solamente de un paisaje.

Hablaba del hogar.

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